
Salomé es una hermosa niña, acaso tendrá unos cuatro años y ya sabe pronunciar el nombre de su mejor amigo: Nacho, un perrito negro quien ha sido su compañía desde su llegada al mundo. Salomé y Nacho son una pareja inseparable; están acostumbrados a pasar largos ratos en la azotea; en el patio de la abuela, cuando van de visita a su finca; o en las calles corriendo por mucho tiempo. A veces Salomé reprueba al pobre Nacho porque no cumple con sus tareas "por estar jugando”, según dice ella. A pesar de que aún no conoce la escuela, ella es la maestra. Cuando lo regaña por no tomar la taza de café como le ha enseñado con Juanita, su pequeña muñeca, Nacho se pone muy triste y se alcanza a escuchar su lamento. Luego la tristeza también llega a Salomé y decide ayudarle con la tarea: un par de rayones de ella y dos huellas de él, son suficientes para que un intento de "E", llegue como calificación por el esfuerzo. Cuando ya las fuerzas de la pequeña y su perrito empiezan a escasear, ella lo carga y ambos van a la habitación de Salomé. Ahí, con el mayor cuidado para no despertarlo, le arropa con su propio abrigo, ese verde al que tanto amor le tiene, ahora Nacho duerme.
Salomé deja salir un largo bostezo que se convierte en señal para sus padres. Preparan su cama, la llevan al baño y le enseñan a cepillarse. Finalmente ora de rodillas y salta a su cama. Pero justo antes de dormir, sonríe por la historia que le contó su padre sobre una niña y su hermoso perro. Se hace la dormida, su padre le da un beso en la frente y cierra la puerta de la habitación luego de desearle buenas noches. Tan rápido como éste cierra la puerta, Salomé se baja de la cama y a hurtadillas, a la espera de no ser descubierta, trae en sus manos a Nacho, lo acuesta a su lado, sube su cobija hasta la garganta, le da un beso en el hocico, y luego de desearle buena noche, con un giro de su cuerpecito abren el portal del mundo de los sueños.

